Nuestra actitud ante el juego

Desde hace tiempo pienso que si jugáramos más, el mundo sería un lugar mejor. Y conforme más y más me acerco a la esencia de la infancia, más pienso que la cantidad es importante, y la calidad, también.

¿En qué momento nos engañaron con eso de que es suficiente pasar tiempo de calidad con la infancia?

Sin duda alguna, es importante reflexionar acerca de nuestra realidad y no sacarla de contexto. Aunque también creo que nos toca hacer autocrítica y valorar profundamente desde dónde opinamos y cómo reaccionamos ante la vida que llevamos los y las adultas.

Está claro que hay un sí en la necesidad de pasar tiempo de calidad, y depende de con quién hablemos. Hay un sí en la actitud, y probablemente sea mejor no ver a nuestros peques que estar gritando o enfadado todo el tiempo. Sin embargo, tampoco creo que eso de verles poco y estar entregados sea lo que debamos promover si queremos cambiar el mundo.

¿Y por qué digo esto? Principalmente porque cuando los niños no están con nosotros, es importante valorar con quién están y cuál es su vínculo, además de los valores que les aportan esas personas. La infancia es muy determinante para nuestra vida adulta como para no darle la importancia que merece. 

Y con toda esta introducción sobre el tiempo de calidad, la cantidad y los “cuidadores” o profesionales que les acompañan, no podíamos olvidarnos del juego como motor de transición en toda la infancia (y ojalá, vida).

El juego es ese sagrado acto que sucede en la infancia que nos lleva a conocernos y a reconocernos también en el mundo que descubrimos jugando.

Mientras jugamos forjamos nuestra personalidad, desarrollamos distintos roles, distintas maneras de enfrentarnos a conflictos, crecemos, aprendemos, convivimos, compartimos y sobre todo, somos nosotros y nosotras mismas. Si el juego está también protegido, fluye de manera natural lo que somos y lo que venimos a hacer.

Si esto es solo una parte de lo que pasa en el juego (la otra, la actividad neuronal, el desarrollo cognitivo, la empatía y capacidad de escucha, por ejemplo), ¿cuál es nuestro papel y nuestra actitud ante el juego de nuestros pequeños?

Como ya contaba hace unos meses en mi colaboración con De mi casa al mundo, creo firmemente que si jugáramos más, el mundo sería un lugar mejor. Y también creo que es muy importante ser conscientes de cuánto y cómo jugamos.

¿Cuál es nuestro papel? ¿Dirigimos siempre el juego? ¿Activamos al niño a menudo? ¿Permitimos que juegue a su manera, saltándose nuestras normas o las del juego? ¿Crees que salirse del camino puede abrir una ventana o es un error? ¿Observamos sin intervenir salvo que nos lo solicite el niño o niña? ¿Jugamos y proponemos y si gusta, genial; aunque si no gusta, también genial? ¿Nos frustramos si no quieren hacer algo que hemos preparado durante mucho tiempo? ¿Les dejo jugar solos? ¿Les observo? ¿Disfruto mientras observo o siempre huyo y cojo el móvil? ¿Compro muchos juguetes? ¿Promuevo el juego libre? ¿Tengo un entorno preparado? ¿Varío los juguetes de habitación? ¿Mi casa es un escenario de juego o solo alguna parte? ¿En el baño hay juguetes? ¿Y en el salón? ¿Y en el pasillo? ¿Separo el juego de todo lo demás o integro el juego en todo lo demás? ¿Hay todo lo demás, o el juego y la vida son lo mismo?

Todas estas preguntas son solo una invitación a la reflexión, a darnos cuenta y a ser conscientes de lo diferente que suele ser lo que queremos, lo que hacemos y sobre todo, poder cambiarlo. También es interesante valorar cuánto de automático hay en muchos de nuestros actos. A menudo leemos alguna de estas preguntas y, de pronto, se nos derrumba una pequeña viga que volver a “levantarla” puede ser difícil aunque muy bonito.

Así que con este post quería invitarte (e invitarme) a reflexionar acerca de nuestro papel ante el juego y de las consecuencias de ese papel que tú adoptas.

¿Quieres mantenerte tal y como lo haces o crees que lo mejor es cambiar algo de tu actitud ante el juego?

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